La historia del Cusco

Introducción

La ciudad del Cusco, cuyo nombre en quechua significa «ombligo del mundo», representa uno de los centros urbanos más significativos de América. Su historia es la historia de dos grandes imperios y el complejo encuentro entre civilizaciones que ha dado forma a la identidad andina contemporánea. Declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO en 1983, Cusco ofrece un testimonio único de tres mil años de desarrollo cultural indígena autónomo en los Andes del sur del Perú.

El Cusco Incaico: El Ombligo del Mundo

Antes de la llegada de los españoles, Cusco ya existía como ciudad imperial incaica. Era la capital política de una vasta región que se extendía desde Colombia hasta Argentina y Chile, y del Pacífico hasta la ceja de la selva amazónica. Pero más que eso, era la capital religiosa y el centro simbólico del territorio dominado, al que caracterizaban cuatro divisiones o rumbos hacia los puntos cardinales. Era la síntesis de ese territorio, nominado como Tawantinsuyo (el conjunto de los rumbos).

Según la tradición, la ciudad fue fundada por el inca Manco Cápac, enviado por el dios Sol para civilizar a los pueblos andinos. Sin embargo, fue bajo el gobierno del inca Pachacútec en el siglo XV cuando Cusco alcanzó su máximo desarrollo y se consolidó como el centro del poder imperial. La ciudad se transformó en un complejo urbano dividido en tres componentes básicos: el centro del poder, los arrabales contiguos y los barrios satélites.

El centro nobiliario, reconstruido por Pachacútec, tenía funciones religiosas, administrativas y de residencia de los nobles, ubicándose entre los ríos Saphi y Tullumayo. Allí se encontraba el complejo sagrado del Coricancha (Qorikancha), templo dedicado al dios Sol, cuyas paredes estaban revestidas de láminas de oro. Protegiendo la ciudad, en la parte alta se erigía la monumental fortaleza de Sacsayhuamán, desde la cual se dominaba visualmente todo el valle.

Cusco, establecida en el siglo XIV sobre un lugar con historia aún más antigua, tenía una población aproximada de 240,000 habitantes en el siglo XVI, lo que la convertía en una de las ciudades más grandes de su tiempo.

La Conquista y el Fin del Imperio

El encuentro entre el mundo andino y el europeo fue violento y transformador. Los conquistadores españoles, liderados por Francisco Pizarro, sabían que si capturaban el corazón del Imperio inca, el resto se derrumbaría pronto. La caída del imperio se precipitó por una combinación de factores: la guerra civil entre los hermanos Waskar y Atahualpa por el trono, y las epidemias de enfermedades europeas como la viruela, que habían causado una mortalidad catastrófica del 65-90% de la población andina incluso antes de la llegada masiva de los invasores.

El 15 de noviembre de 1533, Francisco Pizarro tomó posesión del Cusco entre aclamaciones de algunos cuzqueños que veían en los españoles a aliados contra Atahualpa, a quien consideraban usurpador del trono. Sin embargo, la algarabía pronto se tornó en descontento cuando los conquistadores irrumpieron violentamente en los monumentos y lugares sagrados de los incas, obteniendo un botín que, según el escribano de Pizarro, sumó «580 mil pesos de oro y 215 mil marcos de plata».

Los españoles impusieron como soberano títere a Manco Inca, hijo de Huayna Cápac, quien inicialmente colaboró con la expulsión de las tropas de Atahualpa. Manco Inca fue investido con la mascapaycha (la insignia real inca) y, creyendo ser objeto de un halago, aceptó el protocolo de «requerimiento» que exigía el rey de España, reconociéndole como supremo soberano.

La Resistencia Inca: El Sitio de Cusco (1536-1537)

Pronto, Manco Inca comprendió la verdadera naturaleza de la dominación española. Estando el Cusco bajo la autoridad de Juan y Gonzalo Pizarro, Manco Inca urdió un plan para evadirse y reunir un nuevo ejército. Tras una frustrada primera huida, logró escapar el 18 de abril de 1536 hacia Yucay, donde reunió, según los cronistas, unos 100,000 hombres.

El 3 de mayo de 1536, Manco Inca puso sitio al Cusco. Dentro de la ciudad, apenas 200 conquistadores comandados por Hernando, Juan y Gonzalo Pizarro, con unos pocos esclavos negros y no más de 1,000 guerreros auxiliares cañaris y chachas, se vieron reducidos a una situación desesperada. La lucha incluyó la célebre batalla por la captura de la fortaleza de Sacsayhuamán, donde el capitán inca Cahuide se inmoló desde lo alto de una de sus torres antes que rendirse.

A pesar de cuatro ofensivas incas para capturar la ciudad, el sitio fracasó. En agosto de 1536, Manco Inca se vio obligado a desistir porque había llegado la época de la siembra en los campos aledaños y era preciso evitar el hambre que sobrevendría si se abandonaban las tierras. Aunque la resistencia continuó, con victorias incas como la de Ollantaytambo en enero de 1537, el destino del imperio estaba sellado. Manco Inca se retiró a Vilcabamba, donde establecería un estado inca rebelde hasta su asesinato en 1542.

El Cusco Colonial: Ciudad de Dos Mundos

Tras la pacificación, los españoles reconstruyeron Cusco sobre las bases incas, creando una ciudad que es un ejemplo representativo de la confluencia de dos culturas distintas: inca y española, produciendo un sincretismo cultural destacado que configuró una estructura urbana y formas arquitectónicas únicas. El 19 de junio de 1540, una real cédula otorgó al Cusco la condición de ciudad, escudo de armas y el título de «cabeza de los reynos del Perú» y «muy noble, leal y fidelísima gran ciudad del Cusco».

El Cusco colonial adquirió gran importancia económica en toda el área andina. Se convirtió en el nudo de los caminos más importantes, como el que desde Lima llegaba a Buenos Aires, pasando por Huancavelica, Huamanga, Andahuaylas, Cusco, Puno, La Paz, Potosí, Salta, Tucumán y Córdoba. La minería, especialmente la plata de Potosí descubierta por un cuzqueño de apellido Hualca, y el azogue de Huancavelica, convirtieron a Cusco en un puente obligado entre ambas riquezas.

Para abastecer a la población dedicada a la minería, florecieron en toda la región cuzqueña los obrajes textiles, la agricultura destinada a la alimentación y el arrieraje. A nivel administrativo, el virrey Francisco de Toledo (1569-1581) impuso las reducciones de indios, ámbitos donde las comunidades nativas producían para su propio beneficio, y estableció las cajas de comunidad administradas por el corregidor, el doctrinero y el cacique.

En este contexto colonial nació, en 1539, el Inca Garcilaso de la Vega, hijo de un noble español y una princesa inca, quien en sus Comentarios Reales de los Incas (publicados en 1609) inmortalizó la historia, costumbres y legado del pueblo inca, brindando una perspectiva única sobre el mestizaje y la colonización.

Durante el período colonial, Cusco fue también escenario de rebeliones, incluyendo la ejecución en su plaza mayor de Diego de Almagro el Mozo (1542), Gonzalo Pizarro (1548), y la del último de los incas rebeldes, Túpac Amaru I, en 1572, cuya muerte daría lugar al mito de Inkarri.

El Cusco Republicano y la Lucha por la Independencia

El siglo XVIII trajo consigo la gran rebelión de Túpac Amaru II (José Gabriel Condorcanqui) en 1780, un levantamiento que, aunque sofocado sangrientamente, prefiguró las luchas por la independencia. Según el historiador Charles F. Walker, esta rebelión puede entenderse como una forma de «protonacionalismo y revivalismo inca». Walker, en su obra *Smoldering Ashes: Cuzco and the Creation of Republican Peru, 1780-1840*, interpreta el fin de la dominación española y la transición del Perú a un estado republicano autónomo, colocando a la población indígena en el centro de su análisis. Su obra muestra cómo los campesinos indígenas jugaron un papel crucial y previamente no reconocido en la lucha contra el colonialismo y en los conflictos políticos del período republicano temprano.

Walker demuestra que tanto la mayoría indígena como la élite no indígena del Perú se oponían al dominio español, y ambos grupos participaron en levantamientos durante el período colonial tardío. Sin embargo, las tensiones entre ambos grupos eran evidentes, y los no indígenas temían un levantamiento masivo. Este conflicto interno moldeó las luchas venideras, incluyendo la rebelión de Túpac Amaru, la larga Guerra de Independencia, las guerras civiles entre caudillos y la Confederación Perú-Boliviana.

Cusco en la Actualidad: Patrimonio de la Humanidad

Hoy, Cusco mantiene la organización espacial y la mayoría de los edificios de su pasado dual. La autenticidad de la ciudad está respaldada por la evidencia física de su composición urbana en calles y plazas, su distribución original con valores urbanos y arquitectónicos, y el uso del espacio y la arquitectura inca y colonial. El crecimiento urbano no ha borrado los sectores que conforman la ciudad imperial inca, reconocibles por sus antiguas estructuras de piedra y su técnica constructiva, sobre las cuales se levantaron casas coloniales y republicanas, monasterios e iglesias.

La riqueza cultural de Cusco se expresa también en sus tradiciones vivas. El Inti Raymi, o Fiesta del Sol, celebrada cada 24 de junio en la fortaleza de Sacsayhuamán, fue instituida por el Inca Pachacútec en honor al dios Sol. Prohibida en la época colonial, fue recuperada en 1944 como una representación cultural que simboliza la identidad andina. La gastronomía cusqueña, con platos como el chiriuchu (preparación festiva que combina cuy, gallina, charqui, chorizo, maíz, queso y algas marinas) y el cuy al horno, refleja la diversidad del territorio y su herencia ancestral.

El 22 de marzo de 2018, la Plenaria del Parlamento Andino declaró a Cusco como uno de los referentes regionales de la Comunidad Andina, destacando su riqueza patrimonial y su importancia como símbolo de identidad andina.

Conclusión

La historia del Cusco es la historia de la capacidad humana para construir, destruir y reconstruir sobre las bases del pasado. Desde su fundación mítica por Manco Cápac hasta su transformación en capital del Tawantinsuyo bajo Pachacútec, desde la violenta conquista española hasta su resurgimiento como ciudad virreinal, y desde las luchas por la independencia hasta su consagración como Patrimonio de la Humanidad, Cusco sigue siendo un testimonio vivo del encuentro entre culturas que define a América Latina.

Como ciudad que representa 3,000 años de desarrollo cultural indígena autónomo y, simultáneamente, un ejemplo representativo de la confluencia de dos culturas distintas, Cusco nos ofrece una lección perdurable: la identidad no es un monumento estático, sino un proceso continuo de creación, conflicto y renovación. El «ombligo del mundo» sigue latiendo, atrayendo a millones de visitantes que buscan no solo belleza arquitectónica, sino comprender las complejas capas de historia que han dado forma a un pueblo y su extraordinaria ciudad.

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